Dios existe, y debe morir

En un posteo anterior me refería al mundo que se desprende del acto de creer, bien distinto del pensar.

Max Weber describe el desencantamiento del mundo como un proceso necesario para la consolidación de la sociedad moderna. Un paso suficiente para lo moderno, pero escaso para hoy. Algunos encantos perduran y son columnas fundamentales que sostienen la Edad de Bronce en pleno siglo XXI.

Creencias de todo tipo fueron transformadas en el tiempo, es cuestión de observar la evolución de las ciencias, las genealogías de lo social, etc.

¿Qué falta para perder el miedo a una existencia humana? Sin dioses ni caprichos trascendentes; sin ignorancia fomentada desde un púlpito ni desprecio por experiencias ajenas a las explicaciones divinas. El mundo está lleno de personas que, sin hacerse preguntas, creen tener todas las respuestas. Se esconden detrás de derechos modernos como libertad de culto y expresión.

¿Donde queda la responsabilidad ante las propia creencias? El valetodo con el que tan mal comprenden -y critican- los creyentes a la posmodernidad, termina siendo el escudo con el que se niega la posibilidad de que todo sea distinto. Es en este argumento donde se juega con la culpa. En ese terreno dios siempre es local.

Lo que está en juego en este terreno es la ética. No como algo dado y preestablecido, sino como una construcción personal. Una elección intransferible que emerge en cada actuar.

Dice Daniel Dennet:

“es necesario que los que no creemos en supersticiones hablemos, cuando podamos, en contra de ellas. El respeto que debemos a las personas no se extiende a las ideas. Si son ridículas o dañinas, las ideas religiosas deben ser atacadas y expuestas.”

Amén