Panem et Circenses

Ernesto Cherquis Bialo reconoce en una entrevista radial que ‘el que pone la torta quiere el negocio’, en referencia a la reestructuración del fútbol argentino.

Pregunta obligada: ¿qué pasaría si después del descenso de River la AFA rediseña el torneo de Primera y la B Nacional de modo que garantice el retorno del grande a Primera? ¿qué pasaría si lo explicara diciendo que ‘el que pone la torta quiere el negocio’  y esa torta fuera puesta por Clarín? Es decir, ¿qué pasaría si sacamos el gobierno y ponemos a ‘la corpo’ en su lugar?

Se puede comprender una conducta de este tipo por parte del Grupo Clarín. Un River en primera a priori vende más que uno en el ascenso. Afirmación discutible, los entendidos de fútbol pueden comprender el atractivo de ver a River en la B. Se puede suponer que en primera genera más ingresos, pero no que deje de ser rentable.

Clarín estaría tras la plata. Ejerciendo sus influencias por el interés económico de unos pocos. Se puede  entender esta lógica. El quiero lo tendría siempre la AFA, consciente que el fútbol es un producto único y la TV siempre lo va a comercializar.

El Estado no tiene intereses económicos en juego. El fútbol no se comercializa a terceros. No genera ganancias. El tiempo de aire lo ocupa publicidad oficial. Más allá del dinero, ¿qué interés puede tener el Estado como para poner esa torta? Todas las respuestas posibles pendulan fuera de la ética y rozan lo ilegal.

Presidentes de suficientes clubes reconocen la presión del gobierno para realizar estos cambios. 1200 millones de pesos están en juego. Más plata de la que se obtendría vendiendo los derechos a un privado. El ‘saqueo’ que hizo Clarín pagando poco devino en perversión de quien paga de más y goza del someter.

 

 

Tiempo de Posperonismos

El sistema político argentino es distinguible por varias líneas ísmicas que lo atraviesan. La historia previa al peronismo ya se encuentra diluida y pareciera no afectar el presente. Son debates del pasado remoto que se reconocen como propios pero han sido superados. Su vigencia es análoga a los Mayas en la historia. Tal como nos reconocemos en la deriva de Grecia y Roma, pertenecemos a la serie de eventos posteriores al 17 de octubre de 1945.

El peronismo fue el primer discurso en Argentina que dijo algo de un pueblo pensado desde la modernidad. Lo sentó en la mesa política. Es innegable el valor y la necesidad de sostener esto. No puede pensarse una política que tenga un actor más relevante. El bienestar de los ciudadanos es el objetivo supremo.

Es evidente que la novedad del discurso peronista ya ha dejado de ser nueva, fomentando la creación de un nuevo equilibrio donde lo que ayer se reclamaba hoy es presupuesto como válido y legítimo.

Lo que hoy debemos reconocer es que el pueblo es otra cosa. Ese pueblo que trajo el peronismo no incluye diversidad. Es un actor uniforme, que lucha por reivindicar derechos que ya nadie discute.

La realidad nos dice que un colectivo tan complejo no puede ser homogéneo. El pueblo es el conjunto de personas que viven y se desarrollan en comunidad. Se distingue hoy una multiplicidad creciente; donde el trabajo social es diverso; dónde el hacer y sentir de cada sujeto es íntimo. Tan relevante como defender al pueblo como sujeto político es destacar el lugar del individuo en él. El individuo único es al sistema político de hoy lo que el pueblo al de ayer.

Hoy el desafío es generar una sociedad donde los individuos tengan posibilidades de un desarrollo pleno en función de los objetivos que ellos mismo se planteen. La psicología y la filosofía, desde mediados del siglo pasado en adelante, se han encargado de fundar esta necesidad. Las ciencias de la subjetividad nos permiten argumentar el valor intrínseco de toda existencia sui generis.

Pensar un posperonismo no es más que pensar lo político desde una mirada que incluya a Perón y su deriva, y que también la supere.

La dificultad más grande que se presenta es el rol de víctima que juega el peronismo, lo que lo lleva a ocupar lugares de defensa y cerramiento sobre sí mismo, vinculándose con lo distinto de un modo peyorativo. Lo diverso se rotula como gorila, antipopular, etc. La impresión es que el peronismo tiende a pensar siempre lo peor del otro. Juicios de identidad violentos y autoritarios que descalifican sin ocuparse por ver qué tiene ese otro para decir. El antiperonismo es eso que los peronistas inventan para justificar su épica. Pero los antiperonistas no existen. No son más que otros, los que piensan distinto.

Hablar de posperonismo permite generar una narrativa más poderosa. Simplemente porque incluye al diverso. Es dejar de discutir acerca del pueblo y pasar a conversar acerca de por qué las cosas todavía no son como deberían. Ya nadie discute esos derechos. De lo que se trata es que dejen de ser reivindicados y pasen a la existencia.

Los ismos no son más que discursos que explican el mundo y ofrecen tierras prometidas. Todo sería mejor, dicen, si las cosas fueran de este modo. Pero la realidad no es su explicación. Y es en ese registro donde vivimos.

La madurez personal y el respeto en la convivencia llevan a dejar de simbolizar lo que imaginamos. Nada más emocionante que ponerse el pintorcito y arrojarse con entusiasmo a lo Real para ver con qué colores nos enchastramos.

Eppur si muove

Galileo Galilei declara que la Teoría Heliocéntrica es falsa. La Santa Inquisición sonríe de costado (cual Ignacio Copani) y alimenta, en un solo bocado, tres patas que constituirán su devenir: opulento ego, infinita ignorancia y caótica ambición. Ego, ignorancia y ambición: elementos vecinos que tienden a la atracción mutua y a parir discursos autoritarios.

Galileo Galilei pierde la batalla y gana la eternidad en el mismo evento. Eppur Si Muove desliza por lo bajo, dejando que la historia coseche el rastro sembrado para el futuro. Galileo Galilei, como siglos después Nietzsche, nacería póstumo.

Galileo aportó en el campo científico del mundo denotado, de las experiencias corporales, de las interpretaciones concebidas para entender porque los sentidos suceden.

Mucho antes semantizó el mundo Sócrates, fue el primero en preguntarse por el hombre. De alguna manera comienza a ver algo nuevo, pregunta y construye sentido orientado por sus inquietudes. La pregunta por el Hombre remite, ante todo, al Hombre mismo.

La Edad Media construyó las verdades divinas. Torquemada como testaferro y la diversidad como víctima. Leonardo Da Vinci (entre tantos) no tuvo necesidad (ni intención) de discutirle, en su actuar construyó interpretaciones que desplazaron el absolutismo.

Muerto dios (todavía sin enterrar) se inventa el sustituto: Rey Muerto, Rey Puesto. Ahora somos nosotros los referentes últimos del acceso a La Verdad.

Bienvenidos a la Era Moderna, donde todavía tenemos Grandes Verdades Absolutas. Ahora las dicen los Durkheim, Lotman, Saussure, Marx, Stalin, Hitler, Benito, Mao, Fidel. Muchas pretensiones juntas, tan opuestas como diversas.

Evidentemente La Verdad es otra cosa.

Posmodernidad es la nueva muerte de una vieja divinidad, el suicidio de nuestras pretensiones demiurgas y el nacimiento de la libertad del lector/espectador/interpretador.

Pararse en una episteme posmoderna implica que, ante todo, somos nosotros remitentes últimos de las “verdades” que observamos y/o experimentamos. Un nosotros que no refiere al Hombre como ser genérico, sino al observador particular que cada uno es. La verdad nos pertenece.

Declarar que La Verdad nos pertenece implica tanto hacernos responsables (habilidad de responder ante una situación) de su existencia, como reconocer que el Otro puede tener la suya.

Jean Paul Sartre planteó que un pensador es aquel que está lleno de creencias y no deja de atacarlas. Pudo percibir que, de alguna manera, lo relevante no es la respuesta, sino la pregunta.

Los hombres modernos se ofenden y enojan ante la pregunta que impugne su verdad, se anclan en un rol de víctimas ante la maldad del mundo (o clases opresoras). ¿Cuantos cuestionan si esa maldad existe fuera de su propia observación?

“Nadie peca voluntariamente” dijo Sócrates (con las orejas rojas), tal vez, no existan buenos y malos, oprimidos y opresores. Quizás sea el momento de cuestionar la mirada que, en su observar, interpreta el mundo y construye sentido (ese sentido) sobre él.

¿Qué responsabilidad tienen (tenemos) ante el mundo tal cual lo experimentamos? ¿Qué nueva pregunta podemos hacernos? ¿Qué respuesta podemos resemantizar (despojándola de su Verdad)?

¿Lucha de clases es algo más que dividir lo social en función de una sola mirada? ¿Porqué los luchadores populares no son legitimados (democráticamente) por el pueblo? ¿contra quién se lucha? ¿los propietarios de medios de producción son ajenos al pueblo? ¿los pensamos como tipo ideal o como tipo empírico? ¿el pueblo son todos? ¿incluimos cacerolas de teflón? ¿Cobos traidor? ¿Campo golpista? ¿Qué es el Estado? ¿Para qué existe?

Preguntemos que se acaba el mundo tal como lo tenemos junado.

Preguntemos que trasformar es encontrar nuevas respuestas.

Preguntemos.

Sigamos preguntando.

Y ante cada respuesta recordemos a Galileo rezando, bien por lo bajo, un Eppur Si Muove.

Retorcidos derechos humanos

por Alfredo Leuco (Diario Perfil, 27/03/2010)

Ernesto Sabato tiene 99 años y no quiere que su cadáver sea utilizado políticamente. Su voluntad es que su velatorio se realice en el club de sus amores de su Santos Lugares. Ultimo deseo: despedirse de este mundo rodeado por la humildad de una barriada obrera. Este testimonio inédito es parte del conmovedor retrato fílmico escrito, dirigido y coproducido por su hijo, Mario Sabato.
Sabato morirá sin saber que “un insolente”, como dijo Julio Strassera, hace cuatro años cambió el prólogo del Nunca más, esas dos palabras que recorrieron el mundo cargando de orgullo a los argentinos y que quedaron instaladas eternamente en la memoria colectiva. Mario Sabato confesó que no quisieron amargarle la vida y por eso nunca le dijeron que Eduardo Luis Duhalde, como responsable de los derechos humanos en la era K, “corrigió” un hecho histórico con un nuevo prólogo porque consideraba que el redactado por Sabato abonaba la teoría de los dos demonios.

Mario Sabato fue testigo de cómo Ernesto “se desmoronaba de angustia” cada noche, cuando volvía a su casa tras escuchar y procesar los testimonios del horror genocida. “En esa época no era tan fácil como ahora. El infierno estaba allí, en nuestras narices. Ni Menéndez ni Bussi usaban pañales para gerontes”, tiró Mario por elevación a las actuales autoridades.
Los oportunistas que sobreactúan lo que no hicieron en su momento, los que hacen alardes de coraje por cazar dinosaurios en el zoológico y los que trafican con los días más sangrientos de los argentinos siguen envenenando el debate público maduro que este país necesita y merece.

Magdalena Ruiz Guiñazú, la periodista más creíble de la Argentina que integró la Conadep (en la que el peronismo se negó a participar), confirmó que le iniciará una querella a Hebe de Bonafini porque la acusó de ser “vocera de Martínez de Hoz”. Fue su manera de bendecir las delaciones televisivas infames realizadas desde el canal K que se emiten por pantallas oficiales y paraoficiales financiadas con dineros públicos. Los autores materiales de los ataques mediáticos brillan por su ignorancia y el autor material, el que da la orden de apretar el gatillo, es Néstor Kirchner. Sigue leyendo