Tiempo de Posperonismos


El sistema político argentino es distinguible por varias líneas ísmicas que lo atraviesan. La historia previa al peronismo ya se encuentra diluida y pareciera no afectar el presente. Son debates del pasado remoto que se reconocen como propios pero han sido superados. Su vigencia es análoga a los Mayas en la historia. Tal como nos reconocemos en la deriva de Grecia y Roma, pertenecemos a la serie de eventos posteriores al 17 de octubre de 1945.

El peronismo fue el primer discurso en Argentina que dijo algo de un pueblo pensado desde la modernidad. Lo sentó en la mesa política. Es innegable el valor y la necesidad de sostener esto. No puede pensarse una política que tenga un actor más relevante. El bienestar de los ciudadanos es el objetivo supremo.

Es evidente que la novedad del discurso peronista ya ha dejado de ser nueva, fomentando la creación de un nuevo equilibrio donde lo que ayer se reclamaba hoy es presupuesto como válido y legítimo.

Lo que hoy debemos reconocer es que el pueblo es otra cosa. Ese pueblo que trajo el peronismo no incluye diversidad. Es un actor uniforme, que lucha por reivindicar derechos que ya nadie discute.

La realidad nos dice que un colectivo tan complejo no puede ser homogéneo. El pueblo es el conjunto de personas que viven y se desarrollan en comunidad. Se distingue hoy una multiplicidad creciente; donde el trabajo social es diverso; dónde el hacer y sentir de cada sujeto es íntimo. Tan relevante como defender al pueblo como sujeto político es destacar el lugar del individuo en él. El individuo único es al sistema político de hoy lo que el pueblo al de ayer.

Hoy el desafío es generar una sociedad donde los individuos tengan posibilidades de un desarrollo pleno en función de los objetivos que ellos mismo se planteen. La psicología y la filosofía, desde mediados del siglo pasado en adelante, se han encargado de fundar esta necesidad. Las ciencias de la subjetividad nos permiten argumentar el valor intrínseco de toda existencia sui generis.

Pensar un posperonismo no es más que pensar lo político desde una mirada que incluya a Perón y su deriva, y que también la supere.

La dificultad más grande que se presenta es el rol de víctima que juega el peronismo, lo que lo lleva a ocupar lugares de defensa y cerramiento sobre sí mismo, vinculándose con lo distinto de un modo peyorativo. Lo diverso se rotula como gorila, antipopular, etc. La impresión es que el peronismo tiende a pensar siempre lo peor del otro. Juicios de identidad violentos y autoritarios que descalifican sin ocuparse por ver qué tiene ese otro para decir. El antiperonismo es eso que los peronistas inventan para justificar su épica. Pero los antiperonistas no existen. No son más que otros, los que piensan distinto.

Hablar de posperonismo permite generar una narrativa más poderosa. Simplemente porque incluye al diverso. Es dejar de discutir acerca del pueblo y pasar a conversar acerca de por qué las cosas todavía no son como deberían. Ya nadie discute esos derechos. De lo que se trata es que dejen de ser reivindicados y pasen a la existencia.

Los ismos no son más que discursos que explican el mundo y ofrecen tierras prometidas. Todo sería mejor, dicen, si las cosas fueran de este modo. Pero la realidad no es su explicación. Y es en ese registro donde vivimos.

La madurez personal y el respeto en la convivencia llevan a dejar de simbolizar lo que imaginamos. Nada más emocionante que ponerse el pintorcito y arrojarse con entusiasmo a lo Real para ver con qué colores nos enchastramos.

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