Marketing Político


Alberto Levy cuestiona en su blog el costado moral del marketing político. Esto por adaptar la ideología de cada político a la necesidad caprichosa del elector.

De este modo el político sería literalmente un producto, destinado a ser consumido para satisfacer al corto plazo. De modo que el horizonte emergente en la conversación siempre será inmediata. ¿Cómo hablar de largos plazos si las elecciones son en X años? ¿Para qué proyectar décadas si estamos condicionados por un presente continuo?

Dice Levy que el político deviene ameba, sin ideología, sin forma. Me pregunto, ¿no lo era antes? ¿acaso no está comunicando lo que está siendo?

Sin dudas el marketing puede enriquecer el campo político. Tanto como otras disciplinas. Pero mientras lo diluído sea lo político nada distinto puede pasar.

Lo interesante es que, bajo esta mirada, el marketing no haría más que potenciar, comunicar, exponer lo que somos son quienes actúan en política. El eje ya no sería lo amoral del marketinero, quien hace su trabajo, tampoco el político ameba, que no tiene ideas, proyectos, propuestas; el eje es el consumidor, quien  sigue consumiendo un producto que no le sirve.

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