a escribir…

… que se apaga el mundo. A dar cuenta de;  describir; empalabrar (empapelar con palabras). Escribir que se licua el sentido y se va (chau!) para siempre. Escribir que de todos modos el tiempo pasa. Escribir para vomitar sentido en el mundo, y después implotarlo. Escribir para vaciarse. Escribir para pensar sin haber pensado antes. Vacío de eso. Escribir para probarse; para obligarse a decir. Escribir para cambiar de tema y renovar obsesiones. Escribir para siempre. Escribir para meterle un dedo en el culo a dios, y que le guste. Escribir para callar y que callen. Escribir para que exista lo escrito. Escribir para reescribir. Escribir para matar la muerte y vivir un rato. Escribir ya sin nada. Sin ideas. Sin temor a la pausa y comprometido con eso. Escribir para que nazca el autor y muera el otro. Escribir para saberme mío.

A declararse capaz de transformar el ritmo de la existencia. No es boicot de lo dado, no hay subversión ni utopías. Es hacer algo con el mundo. Vivirlo.

Hay que escribir sin mirar atrás; es raro ya no ser el de la página anterior.

 

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Aprendizaje

¿En que momento dejamos de asombrarnos con el mundo? ¿Cuándo dejamos de preguntar: por qué? cómo? para qué?

¿Cuándo creímos que ya teníamos las respuestas? o, al menos, que ya no hacían falta más preguntas? Cuándo comenzamos a censurar una inquietud?

Cada cultura parece ser un sistema cuya variable fundamental es el hasta donde es válido preguntar. Somos seres sociales y sociabilizados, de modo que contenemos y reproducimos cierto formato -software mental- desde donde existimos.

Einstein no servía para matemáticas dijo la autoridad que el sistema le designo. ¿Cuántos creimos lo que nos dijeron?

Los genios, visionarios, tanto como el loco o el incoherente, son seres que ven algo distinto allí donde todos ven lo homogéneo. Encuentran patas en los gatos, relatividades en los tiempos, soles en los centros. Donde dice X ven Y.

Para estos casos Occidente levanta grandes dedos acusadores. Señala y castiga . Lo sociedad normalizada (pobre Michel) teme que todo pueda ser distinto. La posibilidad atenta con el control (propio, siempre propio).

El problema es que el progreso tiene que venir precisamente de aquel que ve algo más, de ese a quien no le cierra el mundo. Esos que deberían ser fomentados más que reprimidos. La sociedad bien podría buscar que todos seamos esos.

Educar para aprender es clave de posibles transformaciones. Es auténtica revolución. No por el rol de quien tiene que explicar al educado cómo son las cosas, sino del que asume el compromiso de acompañarlos en la conquista, la invención de su universo. Fomentando entusiasmos. Sospechando de estructuras.

El asombro es placentero, especialmente cuando la conclusión es íntima. La posmodernidad vacía de sentidos; es el hartazgo de vivir en un mundo que, de tan explicado, borra originalidades.

La autenticidad remite a una primera persona, enunciante y sujeto de la explicación.

Sin dioses, ellos están lejos y viven su vida. Nosotros la nuestra.

Es cada uno quien dice qué es bueno o malo, conveniente o no. Un yo que se hace cargo de lo que ocurra en su vida, aun lo accidental.

Vivir no es durar, sino crear; arte, pensamiento y ciencia.

Crear proyecta más allá del presente. La posibilidad de seguir vivo cuando muerto. Aunque sea en la conversación de un par de borrachos en el bar de la esquina.